jueves, 18 de diciembre de 2008

“El caso, era escribir”

La marea está baja y el Sol apenas se atreve a salir. Las líneas de espuma que las olas van dejando en la arena, dibujan el pentagrama donde, de forma anárquica, escriben su música las gaviotas al amanecer.
Me gusta caminar por la orilla y, de vez en cuando, volver la vista para contemplar como se difuminan poco a poco mis huellas. Y mientras camino, intento pensar en algo importante; trascendental. Pero la brisa fresca en la cara me distrae.
Fijo la mirada en el agua, y siento que la visión del mar, no puede por menos que inspirarme algo bonito. Pero el rumor de las olas me impide concentrarme.
A veces, me siento en alguna roca y tomo un puñado de arena. Observo como ésta se me escapa lentamente entre los dedos, pero no consigo que la inspiración venga a visitarme. Y es que siempre, siempre, acabo contando los granitos de arena.
Así que me levanto y continuo caminando por la orilla, decidido a que se me ocurra algo que merezca la pena ser escrito y, sobre todo, que merezca la pena ser leído. Pero el agua fría en mis tobillos, me impide la concentración.
No se me ocurre nada. Las horas van pasando, inexorables, y no se me ocurre nada. Cada vez hay mas ruido en la playa y, cada vez, me cuesta mas trabajo pensar.
Y, a lo tonto, a lo tonto, el Sol se ha encaramado en todo lo alto y yo sigo aquí, con la misma cara de bobo con la que me levanté esta mañana y que, a pesar de las horas que llevo caminando, aún no se me ha ido. Y es que esto de pensar, no es tan fácil como pensaba. Ni mucho menos.
Así que decido hacer lo que tantas veces me ha sacado de apuros y me ha ayudado a ponerme en contacto conmigo mismo.
Detengo mis pasos y me siento en la arena húmeda de la orilla, como si fuera a practicar yoga, y cierro los ojos. Intento aislarme de cualquier ruido, excepto el rumor del Mar y me dispongo a esperar a que los pensamientos, me inunden antes de que se me duerman las piernas.
Y si la cosa se pone fea, pongo rumbo al horizonte, me siento en él con las piernas colgando, y me dejo caer hacia atrás hasta sentir el mar en mi espalda. Y es entonces cuando puedo cerrar los ojos y pensar tranquilamente sin que nada me moleste.

Carlos Hdez. de Santaolalla Sanchez

Seguidores